blog de experiencias de viajes dónde se pueden ver fotografías relativas al libro "agua de lluvia"
martes, 6 de septiembre de 2011
domingo, 4 de septiembre de 2011
El aeropuerto de Nueva Delhi parecía bastante antiguo y poco acogedor. Pronto se formó un tapón en la zona de pasaportes y después de unos 20 minutos y sin ningún problema, pasé por el control de policía a la zona de recogida de equipajes. Mi maleta Samsonite color amarillo chillón, de plástico rígido y con la bandera de España pegada en uno de los laterales no tardó en salir. Entonces me dirigí a la zona de los carros dónde ya comencé a notar la insoportable presión de los buscavidas. Después de quitarme unos cuantos de encima, conseguí llegar a la zona de la salida. Mi amigo “carita” no tardaría en aparecer. Pero el tiempo pasaba y no veía a mi amigo por ningún lado. Entonces me acerqué al cajero automático para sacar unas cuantas rupias, y de pronto me volví a ver envuelto en una nebulosa de pegajosos buscavidas con piel aceitunosa. Les pedí por favor que me dejaran intimidad para sacar el dinero del cajero y a regañadientes se retiraron unos metros. Después de sacar el dinero me empezaron a seguir cual flautista de Hamelín. Empecé a inspeccionar las salas del aeropuerto adyacentes a la salida por si estuviera allí mi amigo, pero el tiempo pasaba y no lograba verle. Ya serían las 3 de la madrugada, y con el cansancio acumulado del viaje me fui en la dirección incorrecta para coger un taxi. En vez de ir a la zona de taxis oficiales, que yo desconocía, me fui a una zona de taxis en la que nuevamente se podían ver buscavidas al acecho del turista despistado. Después de estar observando unos minutos y una vez que vi a un taxista hindú con un aspecto más o menos normal y cara de no haber roto un plato en su vida, éste intuyó mis intenciones y me acompañó al desvencijado y pequeño vehículo hindú que hacía las veces de taxi, sin ningún tipo de identificación ni nada que se le pareciese. Cuando entré en el taxi, el hindú con apariencia normal se apartó y se introdujo un taxista con un aspecto que lo mínimo que hacía era acojonar. En ese momento mi instinto me intentaba convencer de que saliera del taxi pero el cansancio y la impaciencia de llegar al hotel ganaron la batalla y por fin partíamos hacia no sé dónde. Le indiqué el hotel al taxista y me dijo “ok, no problem”, pero cuando habíamos recorrido unos 2 kilómetros, el taxista, como buen hindú comenzó a cambiar el itinerario a su antojo y necesidades, sin tener en cuenta en ningún momento mi opinión. Así podía ver como los carteles de Nueva Delhi se iban quedando fuera de nuestro itinerario y mi preocupación comenzaba a emerger. Me sentía secuestrado como en una película de Mad Max, con vehículos desvencijados adelantándonos por todos los lados...
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